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04 mayo, 2013

[A propósito de Ramal de Cynthia Rimsky]. Por Daniel Rojas Pachas

Ramal, novela de Cynthia Rimsky, fue publicada durante el año 2011 en Santiago de Chile por el Fondo de Cultura Económica. El texto que sigue, escrito por Daniel Rojas Pachas, es otra presentación del libro, en otro contexto, el de la 3ª Feria Internacional del Libro Zicosur (FILZIC, 2013), realizada en la ciudad de Antofagasta, en el norte de Chile.


A propósito de Ramal de Cynthia Rimsky

mis viajes que no son imaginarios / tardíos sí –momentos de un momento-
 no me desarraigaron del eriazo / remoto y presuntuoso (…)


Hay pocos antecedentes en la literatura de ficción chilena en que se establezca un vínculo entre el viaje como tema, el sujeto y su identidad y la importancia de la máquina como dispositivo o técnica (en este caso el ferrocarril) que además de permitir el desplazamiento, funge como elemento para configurar la atmósfera del relato. Es curioso, y agradezco sin duda la oportunidad de hacer la presentación del libro en Antofagasta (FILZIC 2013), pues a esta ciudad en particular, se encuentra vinculado uno de los pocos autores que como Cynthia, se han atrevido a explorar el problema del viaje en dicho terreno.

Me refiero a Mario Bahamonde y su libro “Ruta Panamericana” editado por Nascimiento en 1980. Bahamonde, consciente del tedio de las carreteras, detalla un viaje desde el norte extremo a Santiago (viaje que forma parte del crecimiento vital de muchos de nosotros); por ello, a propósito de Bahamonde y el norte, me permito una leve digresión sobre el  desierto, las distancias que nos aquejan entre una comunidad y otra, los asentamientos relegados a ser sólo una gasolinera, un puesto de comida o un control policial; a fin de cuentas, espacios de descanso entre los tan temidos aislamientos de horas entre cuestas y, de pronto, la camanchaca y el vacío absoluto, el entorno que se desdibuja para el observador, tal como ocurre en Ramal con “el que viene de afuera”.
Es importante agregar, que ambos libros dan cuenta de esa “loca geografía” chilena y su poder sobre la psicología del hombre, la necesidad intrínseca de todos por definirse y quizá reencontrarse al estar en movimiento. También se dan cita las ineludibles tensiones en la intimidad, las crisis y “el pavor” presente en las familias que se suceden, y claro, el anhelo del progreso y las contradicciones de un desarrollo económico que no sabe convivir con la naturaleza, condenando a los habitantes, que imposibilitados de trasladarse o por tozudez, permanecen en dichos lugares habitando no sólo un espacio físico sino también la nostalgia y la añoranza de un porvenir que les fue prometido.
En ese sentido, comparto plenamente lo que Sergio Chejfec señala de Ramal al proferir que nuestros países saben bien que la  ruina puede ser un modo de vida: “(…) lejos de la agonía y más lejos aún de la felicidad. El borroso protagonista de estos viajes interrumpidos, asume una doble misión: representar a un Estado que no sabe qué hacer con todo aquello y revisar las huellas de ese paisaje en su propia memoria”.
Aprovecho de compartir uno de los pasajes de Ramal que me resulta de una sutil violencia y lucidez:
“Entre los planes de ayuda del gobierno hay un estímulo para la cría de corderos. El préstamo alcanza para tres corderos, pero como los lugareños no tienen experiencia, los animales que no mueren crecen flacos. Ahora último aparecieron un par de funcionarias de turismo. Estuvieron en las cabañas de la hermana en Maquehua. Después de beber su té y probar su mermelada de guinda ácida, determinaron que el lugar no es apto para el turismo. El que viene de afuera ha sido el primer turista que alojó en las cabañas. Al mencionar que el proyecto para salvar el ramal lo haría volver, la hermana creyó que comenzaría a vivir del turismo”
Cabe destacar cómo en los procesos vitales que se evidencian entre tramo y tramo del relato, y a través de la ruta material de Talca a Constitución con que Ramal edifica su cuerpo, emergen la soledad, la violencia y la locura, develando a ratos con ternura y en otros con implosiva desesperación, rutinas y decursos que nos pueden parecer absurdos o imposibles, sin embargo, esos personajes/personas, que escapan a nuestra comprensión de la realidad estándar, existen y no son meras postales o efigies del exotismo folclórico premoderno que se vende a los turistas.
Asimismo, creo importante destacar que Ramal no es sólo un viaje de ida y vuelta en tren, y menos un relato que se agota en un trayecto lineal, cada nodo o punto en el mapa que abre el libro (que se acompaña además de otras imágenes en blanco y negro del Maule que enriquecen la textura de la obra), va ramificándose junto a la experiencia de traslación que experimenta el lector, pues “el que viene de afuera” no es un simple meteco, un extranjero indeseable. Con cierta familiaridad el observador se introduce en el mundo rural y habita, transita a pie, en balsa, come con los locales, conoce los lugares de festejo, sus medios de supervivencia y se impone de sus historias, se empapa de nostalgia, pasando en algunos casos a ser un hito o momento en las vidas de estas personas y su espera. Por tanto, la actitud de observador, así como el contexto del viaje que suele ratificar la persistencia del viajero, operan como un espejo, pues lo observado dialoga con el trayecto interno, los recuerdos y aprehensiones de “el que viene de afuera” y por intermedio de la genealogía de este, cruza al lector que ante el viaje del libro debe revisitarse en un juego en que la memoria se cruza y superpone.
Ejemplar de esta mixtura, me parece el siguiente pasaje que transcribo.
“El que viene de afuera cruza la plaza, pregunta dónde queda el Hotel Central, el Hotel La Playa, el Club de Regatas, El Dique, El Edén, El Pullucullán. Nadie los conoce. Pregunta si todavía existe el Hotel Central, el Hotel La Playa, el Club de Regatas, El Dique, El Edén, El Pullucullán. No Existen. Bajo la nube maloliente que desciende sobre la costa, el hijo contesta de mala gana el llamado del padre que pide hablar con su ex esposa. No está en casa. Cuando pregunta al hijo por qué está solo, el hijo cuelga. La podredumbre que despide la planta de celulosa impide al padre insistir en que el hijo vaya a su encuentro”.
Para finalizar me gustaría hacer hincapié en la opacidad y distancia que inevitablemente interfiere en la mirada de “el que viene de afuera”, pues por mucho que su intención altruista de salvar el Ramal con un proyecto turístico lo conduzca a entrometerse de forma vouyerista en las historias de los pobladores que interroga, hay un elemento de peso que opera como frontera en el proceso de empatía con los individuos que cruzan su camino, pues si bien procurará entenderlos, simpatizar e incluso compadecer sus dramas, uno termina por preguntarse, ¿cómo subsanar la lejanía con extraños que en su familiaridad revelan la génesis de nuestro propio extrañamiento? Allí las vueltas de la historia se tornan circulares y nos remiten a la familia de inmigrantes de la cual desciende “el que viene de afuera”. Su abuelo, al trasladarse desde el campo a Santiago, mantiene el cordón atado al ferrocarril, en la viaje casa del barrio Maruri, mientras que el personaje, tal como señala la obra, se esfuerza inútilmente en alejarse de lo que ese espacio cerrado del hogar refleja:
“Durante los nueve años que estuvo fuera del país, varias veces soñó que caminaba por la calle Maruri y que, al llegar al lugar donde debía estar la casa de sus abuelos, se encontraba con otra”.
Allí se templan las ausencias que luego son traspasadas de generación en generación hasta el hijo. De modo que los vínculos filiales con el trayecto del Ramal, tal como señala Héctor Rojas, son: “el desdibujamiento de una cultura, y es ahí donde Cynthia Rimsky instala su novela: en el paso del tiempo sobre una familia y en la desaparición del presente que provoca que todo vaya quedando en los recuerdos abandonados del ramal”.
Enfrentamos, una manera dilatada de volver al hogar paterno, un instinto de retorno, un viaje grabado en la memoria que sitúa al lector entre viñetas por acabar, siluetas que se cuelan por entre medio de ventanas que delatan el desgaste y el constante transitar, imágenes que se perderán en el tiempo por la rapidez de los días, la indiferencia, el abandono y el miedo a la familiaridad, a la repetición de los caminos que entraña la sangre.

Daniel Rojas Pachas
Antofagasta 2013

25 marzo, 2013

[TIERRA INCÓGNITA: Hic sunt dracones]. Por Cristian Geisse Navarro

"Tierra Incógnita" (Centro de Estudios Mohammed VI, 2012) es una antología de poetas vinculados a la ciudad de La Serena, Chile, cuya selección y edición fue realizada por Natalia Figueroa. Revisa ahora el acercamiento de Cristián Geisse (Vicuña, 1977).


TIERRA INCÓGNITA: Hic sunt dracones


Hace algunos años, en Valparaíso fue publicada una antología llamada “El mapa no es el territorio”, en la que se reunían poetas vinculados al Puerto. El título siempre me pareció afortunado: provenía de una frase de un renombrado lingüista de origen ruso, Alfred Korzybski, mediante la cual quería hacer notar que las palabras no son los objetos que representan, que las palabras y las cosas que designan son fenómenos diferentes. Desde el título entonces se precavía al lector que la antología necesariamente era una abstracción, era arbitraria, que quería corresponder con la realidad, pero que era consciente de que posiblemente no podía ser un retrato fiel del todo. Creo que una de las características más notables de nuestro tiempo es esta conciencia de las limitaciones y alcances del lenguaje, de su importancia para nuestra cognición, pero también de la saludable suspicacia en relación a su veracidad. Seguimos creyendo, pero siempre desconfiamos tanto de los complejos cuerpos teóricos que describen los fenómenos más amplios, así como de la influencia determinante que las palabras tienen sobre los más cotidianos de nuestros actos. En suma: estamos desarrollando una cada vez más acabada autoconciencia de nosotros mismos y de la forma como aprehendemos la realidad mediante el lenguaje y las ilusiones de nuestra mente.

El mapa no es el territorio entonces. No podemos sino aceptar que es cierto. Pero también debemos aceptar que tanto los mapas como el lenguaje son herramientas fundamentales para facilitarnos la exploración, la búsqueda, los hallazgos.

“Tierra incógnita” por su parte es una muy antigua designación de tierras sin recorrer, paisajes y territorios que no estaban mapeados, carencia de cartografía, reconocimiento de la ausencia de la exploración. La creencia popular veía en esas zonas aún invisibles, monstruos y dragones. “Hic sunt dracones”, solía decir en esos mapas. La ficción entonces se hacía cargo y si bien reflejaba el temor a lo desconocido, también nos preparaba para la maravilla.

Por supuesto en aquel tiempo esa autoconciencia de la forma como nuestras mentes llenan los vacíos, como resuelven lo que ignoran, como pueblan los paisajes que no conocen, estaba menos avanzada. Es decir, la mayoría de la gente que veía y estudiaba esos mapas, probablemente sí creía que había allí leviatanes, monstruos, dragones. Pero hoy sabemos, creemos, pensamos –sospechamos- que todo es demasiado parecido a la ficción como para creer a pie juntillas en cualquier cosa. Por ejemplo, a estas alturas ya es fácil deducir que toda antología es un pastiche, un collage, una suerte de ficción, una abstracción llena de arbitrariedades. Que no siempre están los que son ni son los que están. Pienso que Natalia Figueroa tenía algo así en mente cuando eligió ese título para esta selección. Prefiere entonces, más que la rigurosidad, el gesto del artista que ordena los materiales recogidos de la realidad, de acuerdo a preferencias, personajes y gustos asumidos como propios e íntimos.

Creo entonces de partida –y esto nos tiene que quedar muy claro- que posiblemente lo que se pretende con esta antología no es entregar una cartografía, una fotografía del territorio, un registro, un arqueo, un mapa, sino más bien mostrarnos a los dragones, es un gesto artístico más que analítico o taxonómico.

De todas formas hay claves, indicios. Como explica Korzybski: “Si el mapa pudiera ser idealmente correcto, incluiría (en escala reducida) el mapa del mapa”. A mí me parece que –de alguna forma- la tierra incógnita a la que accedemos en este texto, tiene pistas suficientes que nos permiten movernos entre sus meandros y al igual que esas zonas sombrías y nebulosas de los mapas antiguos, además de los dragones, nos deja pistas, un pequeño mapa del mapa. Notamos ciertamente una vocación minimalista en estas claves para el lector, pero son claves al fin y al cabo. Todo indicio entonces es útil para el explorador. Los paratextos que acompañan a este libro son breves, mínimos, pero decidores. No hay prólogos, no hay epílogos, tampoco datos bibliográficos, o notas al pie. Para mí es fácil suponer que esto tiene una razón de ser. Sabemos por la tapa y el lomo que la selección y edición es de Natalia Figueroa. Luego en la primera solapa se nos indica que Natalia Figueroa nació en La Serena en 1983, que es Licenciada y Magíster en la Universidad de Chile, que actualmente realiza estudios de doctorado en la misma universidad y que fue Directora de la Revista de política y literatura “2010”. Es fácil deducir a partir de este paratexto, que Natalia Figueroa no es una aparecida, una ignorante o una negligente. De hecho creo que de alguna forma ése es un indicio de que –más allá de lo que se pueda creer de buenas a primeras- hay una estructura pensada para este libro. Que ella es altamente consciente de su responsabilidad como antologadora, que más allá de formar un canon impositivo, un registro exhaustivo, estamos hablando de un sistema de preferencias personales. Es posible que esté extrapolando, cayendo en la lectura aberrante, pero es curioso que parte del índice, sino el índice todo parece un poema en sí mismo:

“Exilio, tiempo perdido, a la deriva. Golem. Alma – zen post república. Deleuze. Fina caridad. Beckett. Clínica Santa Clara: Claridad.
Regreso, desde el almuerzo desnudo, un almuerzo de todos.

Domador. Tardanza. Escritura. Indicios. Ardid.
Segundo acto: en el ojo del huracán, un elefante caminaba por la calle.
Mi hermana no olvida de ciertas imágenes y semejanzas ser mujer.

Inocencia, nunca fui a ninguna parte. Las nubes pasan de San Diego a Monjitas.
Sueño la insanía de bastarse a sí mismo.
No fuimos capaces de incendiar la casa en el lento vuelo de la avutarda.
Solsticio un domingo cualquiera: Abandono.

Palabras: el lugar que habitas, retórica de Paul de Man.
No hablo contra nadie. Podríamos acaso hablar de tiempos mejores
Bajo cada piedra, escritura.
Muy temprano aún, calembour.

En el veterinario, camino a la librería. Hotel Maury. Barcelona: María Kokkari.
Venecia.

La destrucción del mundo interior: Árbol de hoja angosta, encuentro un sitio para ti. Comida cruda a la provincia. Has estado haciendo los detalles del viento.

Argel. Mar del frío. No woman no cry. La gramática de la muerte, la imposible carretara del exceso: La Serena Revisited.

Las novelas por entrega y encargadas por correo son responsables de mi actual condición. Bukowski sale reventado del Bronx, Vladimir Ilich Ulianov Lenin.

Tierra incógnita. Bomba de tiempo. Última cena”

Cada una de estas estrofas que forman parte del poema que podría ser el índice, nos entregan una percepción –me parece a veces bastante certera- de algunos de los escritores. La idea de un exilio y un regreso –más espiritual que político- en el caso de Jaime Retamales; la centralidad de las palabras y el lenguaje en Walter Hoefler; la presencia de la mujer y la visión lúdica de la existencia en Teresa Calderón; la mezcla beatnik de misticismo, política y Bukowsi, en Tristán Altagracia; un larismo con más oscuridad y menos nostalgia en Álvaro Ruíz; la ferocidad y el pavor tanto dentro lo exótico como de lo cotidiano en Thomas Harris -y así. Todo esto sin duda es una lectura algo rebuscada, pero aún así, indicio de que hay trabajo y estudio en la selección de los poemas de cada antologado.

El otro paratexto mínimo está en la contratapa y dice escuetamente que “Tierra incógnita reúne textos publicados e inéditos de ocho poetas vinculados a la ciudad de La Serena”. Vuelvo a repetir: en este minimalismo, esta concisión y silencio respecto de las intenciones de esta antología, debemos observar necesariamente una conciencia de subjetividad. No estamos –repito- por tanto frente a una antología que busca el rigor del rastreo. Entonces, más allá de las posibles polémicas que suelen acompañar a cada antología que se publica, no debiera importarnos que falten nombres, nombres importantes como Arturo Volantines –que perfectamente podría estar acá- o bien Kundalini –que es una figura visible, participativa y aglutinante- o bien Claudia Hernández, quizás Benjamín León, tal vez Piñones, quizás Ignacio Herrera. Y se me escapan muchísimos nombres, pues a pesar de que a simple vista, para el mortal y el no iniciado, en La Serena parece no haber mucho movimiento, en el fondo, en el laberinto escondido bajo la ciudad, los poetas son inquietos y bullen, son legión, como en todo este pueblo chico e infierno grande que es Chile.
Por eso, más allá de lo que se pudiera pensar a vuelo de pájaro, la omisión, la elipsis, de datos biobibliográficos de los antologados parece estar también cargada de significación. Se nos parece decir, mediante estos silencios, que lo que se espera es que los poemas caigan por su propio peso, que lo que se encuentre en juego sea más bien el enfrentamiento del lector con el efecto poético, sin intermediarios, sin influencias externas sobre quién ha ganado qué premios, quién ha publicado tales o cuales libros, quién ha sido antologado acá o allá. A mí eso no me parece mal. Los estructuralistas lo pedían –abjuraban de la biografía y la historificación- y para ellos el texto debía bastarse por sí sólo. Yo no les creo del todo, pero entiendo el gesto. Borges por lo demás nos pedía que el poema, el texto, se leyera sin importarnos cuándo fue escrito, tomándolo como un eterno contemporáneo, exigiéndole actualidad en cualquier tiempo o edad. Una especie de ejercicio mental, algo parecido a esa meditación budista que exige que pensemos que Buda nunca fue una figura histórica, que no existió en lo que podríamos llamar “realidad objetiva”, que lo importante no es el personaje, sino su legado en palabras, su mensaje.
Sinceramente creo que estas directrices que parecen ordenar esta publicación cumplen su cometido. Después de leerla por primera vez me pareció que funcionaba tomando en cuenta la calidad de los poemas. Los hay muchos sobresalientes. Es una muestra –bastante breve, pero significativa, qué duda cabe- de algunos de los monstruos que se conectan con esta "Tierra incógnita".
Y si bien el lector debe descubrirlo por sí mismo –y es fácil hacerlo- no quiero perder la oportunidad de decirle –sobre todo a aquellos menos enterados- que al leer esta antología se va a encontrar con poetas con trabajos consistentes. Con voluntad de estilo. Y que si decide indagar un poco va a dar con que la mayoría de ellos ha realizado intervenciones poderosas en lo que podríamos llamar el campo cultural local. También nacional. Y hasta internacional.
Más allá de todo eso, "Tierra incógnita" nos interpela sobre todo a sentir en carne propia el fuego –acogedor, pavoroso o destructor- el fuego del dragón en el Territorio que aún no exploramos.


Cristian Geisse Navarro (Vicuña, Chile, 1977). Licenciado en Letras por la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Literatura Hispánica por la Pontifica Universidad Católica de Valparaíso. El año 1997 fue becario de la Fundación Neruda para su taller de poesía en la casa museo La Chascona en Santiago. Mediante un proyecto ganador del Fondo del Libro del Gobierno de Chile, publicó una colección de textos literarios de Alfonso Alcalde durante el año 2007. El año 2010 publicó una antología ficticia de poesía titulada "Los hijos suicidas de Gabriela Mistral". El año 2011 la editorial porteña "Perro de puerto" publicó su conjunto de cuentos titulado "En el regazo de Belcebú". Durante el 2012 fue coeditor de "El pequeño odioso: antología de poetas precoces chilenos". Ese mismo año la Biblioteca Viva La Serena presentó "El debe y el haber", la primera exposición de su trabajo como artista visual

25 febrero, 2013

[Cuatro Poetas Suicidas Chinos – Una genealogía del espanto]. Por Daniel Rojas Pachas

"Cuatro Poetas Suicidas Chinos" es una selección de los escritores Gu Cheng, Hai Zi, Ge Mai y Luo Yihe, a cargo del también poeta y traductor venezolano Wilfredo Carrizales (1951). Egresado de la Universidad de Peking en la especialidad de Historia de la Cultura China, Carrizales se desempeñó, además, como Agregado Cultural de la embajada de Venezuela en China durante los años 2001 a 2008. Actualmente reside en Peking. 
Esta selección y traducción de "Cuatro Poetas Suicidas Chinos" fue publicada este año 2013 por la editorial Cinosargo (Arica, Chile).

Cuatro Poetas Suicidas Chinos – Una genealogía del espanto

"Cuatro Poetas Suicidas Chinos" es una selección de poetas chinos recientes pero, además, es una genealogía, un tejido de vidas, voces y lecturas de la realidad que se vinculan y generan tensiones entre lo que entendemos por tradición e innovación poética al interior de la poesía china; de modo que el diálogo que el libro emprende no está exento de la revisión de autores y textos a los que estamos acostumbrados o de los cuales hemos tenido noticias: Lipo y su espíritu taoísta análogo al carácter dionisiaco, también está Tufu con su poesía inmersa dentro de los cánones del ideal confuciano y el interdisciplinario Wang Wei que además de poeta fue músico y pintor; todos ellos, poetas del periodo medieval.
En este sentido, la gran propuesta y el real aporte de "Cuatro Poetas Suicidas Chinos" está en su contemporaneidad, pues el libro nos presenta 4 voces (Gu Cheng, Hai Zi, Ge Mai y Luo Yihe) que por estas latitudes nos resultan inéditas a pesar de su universalidad. Si bien algunos de ellos han sido traducidos al inglés, no están en su mayoría disponibles en nuestra lengua y menos de forma tan integral como se presentan en esta edición cuidadosamente trabajada por Wilfredo Carrizales. Edición en la que se recorre cronológicamente la trayectoria de los cuatro escritores, los que, por cierto, no están unidos aquí de forma arbitraria, pues, además de tener un nexo contextual -todos comparten el espacio de la Universidad de Peking y forman parte del círculo de “poetas oscuros” (Menglong shi) de finales de la década de 1970- guardan como nodo principal, un aspecto que nos lleva a pensar en la violencia y sus puentes subterráneos con el arte.
Y es que, entre los autores presentes en "Cuatro Poetas Suicidas Chinos", es la muerte por propia mano la que atestiguamos tanto en los poemas como en las respectivas biografías, pues todos ellos, genios tempranos, tal como anticipa el título, optaron por auto eliminarse. Wilfredo Carrizales, poeta, fotógrafo e investigador de la cultura China, nos señala a este respecto en el prólogo:

"En China, tradicionalmente, se han usado diversos métodos de suicidio. Cabe nombrar los siguientes: cortarse la garganta con una espada (ziwen), prenderse fuego (zifen), envenenamiento (fudu), ahorcarse (shangdiao), colgarse de las vigas de la casa (xuanliang), morir por inmersión lanzándose a un pozo, lago, río o al mar (toujing, touhu, touhe, touhai), lanzarse desde un barco que va navegando (tiaohai), dejarse morir por negarse a comer (jueshi), saltar desde un edificio (tiaolou), cortarse las venas (gemai), dispararse con un arma de fuego dentro de la boca (tunqiang)... En la China antigua un hombre que cometía suicidio por deshonra era algo más egoísta (tal como el fracaso en aprobar los exámenes imperiales) y podía ser condenado por no ser filial si él era el hijo mayor o el hijo único. Primeramente porque había sido incapaz de tomar a sus padres bajo su cuidado durante la vejez. Segundo porque no había sido capaz de hacer ofrendas a sus espíritus después de sus muertes y sostener a sus propios hijos para continuar con el ritual de los ancestros. Dejar atrás a la esposa y a los niños es una gran carga para los chinos. Los hombres rutinariamente mataban a sus esposas e hijos antes de matarse ellos mismos.
También en China el suicidio fue y es una herramienta para protestar. Cuando alguien se consideraba a sí mismo víctima de la injusticia y sin salida debía cometer suicidio para protestar contra el cielo. En la práctica esto causaría una conmoción en la opinión pública y haría que la gente simpatizara con el suicida. Tal práctica aún es así, mentalmente, en China".

Pero no nos quedemos en lo recursivo, en el morbo y la consigna del cadáver bello y la muerte temprana que crea ídolos, como dice Bukowski en su poema “Lo que ellos quieren”
"—eso es lo que ellos quieren, / un maldito espectáculo, / una marquesina iluminada / en medio del infierno. / eso es lo que ellos quieren, / ese racimo de anodinos / inarticulados / inocuos / aburridos / admiradores de carnavales".
El poema del norteamericano hace alusión a la figura de Vallejo, Pound, Berryman, Rimbaud, Dostoievski y otros íconos que cayeron en la autodestrucción, lo que es claro, es que estamos ante sensibilidades brillantes, voces que nos hablan desde lo profundo y con delicadeza, por ejemplo, Gu Cheng a la edad de tres años inventó su propio lenguaje, pero nadie le entendía. Él mismo expresó: “La oscura noche me dio estos ojos oscuros, pero yo los usaré para buscar la luz”.
Carrizales en sus notas nos indica: “Gu Cheng se transformó en uno de los más celebrados poetas contemporáneos de China. Algunos críticos ven en su suicidio un desesperado acto de un romántico e 'ingenuo' genio, quien había sido maltratado y abandonado por las mujeres que lo amaron; otros críticos consideran su desenlace fatal como un suceso de un inmaduro, auto obsesionado impostor que se había aprovechado de aquellos que lo rodearon. Gu Cheng siempre fue una figura excéntrica en la escena de la literatura contemporánea de China. Con su muerte parecía haber tomado ambos aspectos cuestionados: un niño inteligente y con idiosincrasia o un monstruo”.

Sobre el suicidio de Gu Cheng pesan las dos miradas que Carrizales denota dentro de su prólogo, la de la deshonra, el monstruo, y la de la víctima con la cual se tiene empatía, el infante terrible que no encaja en este mundo.

En cuanto a Hai Zi, tanto sus poemas como su temprana muerte, al haberse colocado sobre los rieles de un tren, guardan relación con la situación espiritual de los intelectuales y la sociedad china en la década del ochenta del siglo XX. En esa década nos relata Carrizales, toda la sociedad china se revitalizó y ciertas corrientes de pensamiento (idealismo, romanticismo, existencialismo) predominaron en el ámbito cultural. Dentro de la juventud, particularmente en el ámbito de los estudiantes universitarios, entre los lectores o hacedores de literatura, el pensamiento individualista permeó el ambiente e influyó por largo tiempo a aquella generación.
Hai Zi, también conocido como el “EL VIGILANTE DEL TRIGAL”, "había nacido en una zona rural y estaba afectado por un sentimiento de apego a su cielo, su tierra y a su mundo natural. Un día debe trasladarse a la capital del país y el escenario cambió dramáticamente. Tal vez el joven poeta no encontró en la gran ciudad la condición adecuada para llevar a la práctica su espíritu. En sus poemas aparecen, con recurrencia, muchas palabras que nos indican un deseo de retornar a su terruño: cielo, tierra, aldea, trigo, campesina, hijo, viento, noche, luna, lago... Quizá su frustración primordial fue no poder ver el regreso de la cultura rural desplazada por la cultura urbana". Su poesía dialoga muy bien con toda la corriente lárica chilena -o poesía del retorno- en la cual destacan Rolando Cárdenas y Jorge Teillier.

El tercero de los autores, Ge Mai fue un hombre culto y su cultura era un puñal que hería. Él afirmó: “La vida de una persona sólo se puede cortar tres veces. A la cuarta todo finaliza”. Encaja bien si se le califica de pesimista optimista. Al ver el aspecto más doloroso de las personas era como si tocara su propio cadáver. En una ocasión enfatizó: “Cuando me encuentro que no puedo continuar, que no puedo soportar más, cierro los ojos y eso equivale a vivir de nuevo”.

Por último, Luo Yihe ensayó con el lenguaje y lo renovó para convertirlo en vehículo de incitación y riesgo. Con el uso de expresiones fuertes y torcidas quiso acentuar un tipo de mezcla de tristeza y soledad, aflicción y rompimiento: una amalgama de significados y, al mismo tiempo, conservar la fuerza y la tensión del lenguaje poético.

Sin duda, el traductor e investigador Wilfredo Carrizales, ha hecho un trabajo excepcional al rescatar pasajes de la historia China reciente a través del encuadre que nos proporcionan estas obras y vidas al límite.
Solo me queda cerrar esta presentación con una nota que el traductor Wilfredo Carrizales destaca en su prólogo, que invita al debate, "¿En un suicidio puede haber un intento de exorcismo? El poeta, novelista y dramaturgo Han Dong (nacido en Nanjing en 1961) afirma, con un toque de cinismo, que el suicidio del poeta Hai Zi en 1989 se debió a que no pudo distinguir la poesía de la vida ordinaria y que los que actúan de esa manera buscan siempre acciones extraordinarias. Ellos beben, luchan, bromean acerca de las mujeres, se dejan llevar, cultivan excentricidades...para probar que son poetas. Al final trascienden lo mundano y solamente muertos piensan probarlo".
Queda preguntarnos "¿Cómo puedo yo decirles a otros que he vivido y de qué manera lo he hecho?" Resumir y compendiar vidas así como también obras poéticas, es tan absurdo como tratar de hacer una disección y taxonomía al universo, lleno de contradicción y caos; creo que -en esa medida- podemos priorizar la idea de Lihn y entender "el estilo como la suma de todas las incertidumbres del hombre".

San Marcos de Arica 2013